Hace un par de años me siento machacado por el tiempo. Por una idea torpe que tenemos del tiempo. No el tiempo en sí, pero el otro, el tiempo de los relojes, el de las escaleras que cuento al subir de par en par: 1, 3, 5, 7 o 2, 4, 6, 8. Quizá sea la ausencia de la música, mi alejamiento paulatino de la música – lo que es decir, del amor y de la mística. De hacer música. Del cine como música, sinfonía arquitectónica.
Necesito ciudades verdaderamente grandes… llanuras…
Mi dificultad es la de ser, la de ser antes de pensar. El hombre occidental nunca supo respirar. De ahí vienen los comerciales.
El cine se hace obstáculo cuando la dificultad es pasar un día en silencio, cortar el pan y hacer café sin estar en ningún otro sitio. El cine se hace más difícil cuando pasamos a vivir en el tiempo del reloj. Cuando hasta cagando leemos a un libro o al texto estampado en el desodorante.
El cine es un desplazamiento, un reloj sin aguja. Sólo hay el inicio y el fin. Lo demás es salir de la duración. Es penetrarla. Pero para que cada minuto sobrepase esta duración, para que se haga elástico, su creador tiene que desplazarse en el tiempo, vivir afuera… Ni que sea por istmos, después de los cuales cogerá un cronómetro.
Por eso no hay cine si no hay metafísica. El cine del pensamiento es un cine hueco si es sólo pensamiento. La política de Godard (los años maoístas) se hace dura (muerta) al lado de la política de Chris Marker (volátil). Pues Chris Marker es el flujo de consciencia que se hace timetraveller.
Cuando veo el rostro de Tarkovski me siento perturbado. Son otros mundos. Es el viento que viene desde abajo.
En el travelling sepiacuático de Stalker se ve, entre otros objetos, una ametralladora, un santo, un calendario. La fecha: 28 de diciembre, el día de su muerte. Todos deberíamos saber, de alguna manera, el día en que moriremos.
Oigo a Charles Ives, Charlie Parker, Franz Schubert, veo Paradzhanov y leo El Perseguidor.
De todos ellos apenas Paradzhanov enfrentó 15 años sin poder hacer cine. Es un arte de mutilados, de aislados, de daydreamers.
Paradzhanov y Tarkovski. Campo y contracampo. El pintor y el poeta. O mejor: el músico y el arquitecto. Hay cartas cambiadas entre los dos, mientras Sergei enfrentaba trabajos forzados en Siberia.
P.S.:
¿Es posible ser transportado a París sin nunca haber estado allí? ¿La deriva en el futuro será apenas la de los mendigos y cibernautas?

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