Sexta-feira, 19 de Fevereiro de 2010

Del verde en el desierto

(basado en Brasilia, de Clarice Lispector)

"No sabemos cómo seríamos si hubiésemos sido creados en primer lugar y después el mundo deformado según nuestras necesidades."

Clarice Lispector

...

El 18 del año 1143 encontraron en el centro de la pirámide de Phluruk un manuscrito curioso. Un pergamino intacto que se dividía en dos partes. La primera exponía diferentes tipos de mapas reunidos alrededor de una representación del desierto; la segunda era un texto escrito en alfabeto consonántico. Estudiosos de todo el reino discutieron el hallazgo, pero algunos acentos indicaron vocales lo que facilitó la transliteración y luego la traducción que reproduzco aquí:

 

Cuando se hizo el año 117, seres sin procedencia empezaron la construcción. Fue entonces cuando el gran laberinto sin centro fue habitado. Caravanas vinieron de todas partes para construir lo que sería la propia eternidad. Otros decían que ya existía desde antes, que sólo llegaron los otros, “encendieron fuego, levantaron tiendas, y excavaron poco a poco las arenas que enterraban la ciudad”. Descrita por un poeta como una playa sin mar, a pesar de que sí se sentía el olor de sargazo al atardecer, la ciudad era una extraña conjunción de espejismos. Un pueblo hecho por exiliados que dibujaron y cosieron la bandera enteramente azul de la entonces capital del desierto. Hicieron (o encontraron) la ciudad circular sin centro. Y no osaron nombrarla, dificultando la ubicación en lo que sería un futuro oasis. El tiempo, entonces, se convirtió en espacio. Y fue cuando una nueva raza nació, un hombre oscuro como un pozo, pelirrojo y de ojo castaños que se hacían verdes con la luz de la luna. Hombres poblados por nombres. Y en un sueño colectivo se dibujó el símbolo de la ciudad, un ser desnudo con una balanza en una mano y una flecha con una serpiente en la otra. La balanza era la justicia que era la propia ciudad sin jueces ni crímenes. La serpiente en la flecha era la vida en el desierto, mientras la tercera generación tuvo una longevidad de 126 años. Llevando gafas oscuras esperaban la luz del crepúsculo dibujarse en las nubes a través de la llanura para coger los coches (vivían en coches habitados por ondas radiofónicas que propagaban músicas en espiral). Hacían apuestas y se estrellaban en las arenas bajo el sol, en alta velocidad a través de las afueras de la ciudad sin afueras, ciudad natal que les parecía un ordenador lleno de luces por adentro – como un espejo bajo el cielo (algunos de hecho la llamaban “la ciudad de las estrellas centelleantes”). Porque en ella no se cerraban los ojos, no se soñaba más allá de los espejismos, no se podía morir hasta llegado el instante preciso, cuando se iban hacia la línea del horizonte. Un tiempo integral que se reverberaba a través de escalofríos nocturnos – a pesar de conocido el hecho de no haber noche en la urb. La luna habitaba las calles con su luz verde. Como un istmo en el que los aires se hacían menos secos. Hasta que de repente apareció el primer avión en el cielo, se hizo noche - la luna no salió -, y vino un hombre encorvado con un huevo gigante a través de las arenas calcinantes.  No llevaba ropas. Desnudo cargaba un huevo en sus espaldas. Caminó, como si buscara algo, pasando por todas las regiones, por todas las calles dibujando un rizo. Hasta que en el vacío, en el pasaje entre todas las otras ciudades que formaban la ciudad, levantó el huevo, lo puso en el suelo y desapareció por el amanecer. Empezaron, entonces, a discutir. La euforia recurrió la feria que se había formado alrededor del huevo. Y continuó hasta el día de la luna azul. Y fue cuando el huevo se rajó. Un silencio paseó por la ciudad y todo se hizo todavía más lento. Dos caballos blancos fueron vistos corriendo hacia el sol poniente. Y nada más se dijo. La gente se cerró dentro de sus habitaciones. Hasta que vino el viento de la mañana y empezó a destrozarlo todo. Una tempestad de arena y rayo. El tiempo se había roto. Unos se murieron de hambre. Otros huyeron para morir en el desierto. La ciudad se hizo ruina. Y muchos años después surgieron relatos esparcidos que citaban una área del desierto en la que se encontraban trozos verdes de un cristal jamás antes visto. Y fue cuando nuestro rey encargó una expedición con los más grandes guerreros y sabios, para que fuera hacia el laberinto sin centro y trajera trozos de la ciudad legendaria. Volvieron, entonces, unos pocos caballeros con vidrios y circuitos, pero lo que saltó a la vista fue una piedra blanca y brillante encontrada en la misma región. El rey la miró intensamente. Era un trozo del huevo lunar. Y fue la causa de los nueve años de abundancia seguidos por los nueve de desgracia en que vivimos por nuestras tierras sin mar.

 

Y así termina el pergamino. Falta todavía descifrar el collage de mapas que reproduzco aquí.

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